Por Santiago Almada
Hace unos días, enterado de que en ciertos foros y redes sociales de baja estofa está circulando un refrito que dizque por qué engañan las mujeres, y después de haber leído ese lamentable texto de una tal Anacleta Borda Lessa, he tomado la decisión de desmontar esos infundios que atentan contra la naturaleza viril de los hombres de corazón, como es mi caso y el de la multitudinaria legión de lectores que me sigue.
Son muchas las féminas que, en charlas y cotilleos con amigas, casi siempre con algunas cervezas o algún otro elixir etílico suelen defenestrar a sus consortes y convierten la charla en un intercambio, casi una competencia, de los defectos de sus respectivas costillas a los que acusan de mujeriegos, tacaños, bebedores, babosos y otras lindezas por el estilo.
¿Pero se han preguntado alguna vez esas damiselas por qué engañan los hombres? ¿Son todos unos braguetaflojas consuetudinarios? ¿Son todos unos cuerneros irredentos? ¿Tiene alguna explicación medianamente lógica esa conducta de fijar la vista en cuanta minifalda o pantaloncito ajustado se les cruce por la calle?
Esto es lo que a continuación dilucidaremos con preclara y meridiana justeza, señoras, para que no pretendan ustedes aparecer como las inocentes del cuento y echar toda la carga de la culpa a sus sufridos –y casi siempre maltratados- caballeros
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Cómo ganarse los cachos
Cada hombre es un niño en potencia o un adulto que no ha terminado de crecer, al que su suegra de usted, señora, condesciende a entregar para que usted termine de madurarlo, para que ese novio que es un marido sin sazonar, sea sazonado por usted, no sonado como usted equivocadamente interpreta.
Ese niño adultecido que usted se llevó a su casa un día puede aparecerse con un juguete caro que le trae recuerdos de épocas felices, una vieja consola de Atari, una pista de autitos de carrera, un casco de soldado inglés de la segunda guerra, reliquias por las que él ha pagado un precio que usted al enterarse preguntará seguramente – ¿Cuánto tú dices que fuiste a pagar por esa porquería? Tamaña incomprensión hiere hasta los espíritus más fuertes y templados, mi doña.
Cuando su esposo mira béisbol en la tele (esa tontería de unos estúpidos que tratan de darle a una pelotita con un palo ¿vio?) usted le preguntará cada diez minutos cuándo es que se termina “esa vaina”, de manera que él se sienta intimidado y termine por irse a ver “esa vaina” en el bar, con los amigos, y la deje a usted dueña y señora de la tele para que se atosigue con los melodramas donde sufridas heroínas enamoran a millonarios hermosos, no como el arrastrado comecheque que usted se ha conseguido.
Cuando él esté cerca y en su televisor aparezca el Yonidep, el Brapitt o el Roberpantis ese o cualquier otro de esos imbéciles, asegúrese de suspirar por todo lo alto, para que su marido la escuche, y diga cositas, así como: Papucho, Ay qué potro, Ay… él es tan lindo…
Cuando su esposo la invite a una boda de un sobrino, a una cena con la familia, a cualquier comida de esas, usted se asegurará de sentársele al lado, pero eso sí, con su mejor caracúlica, el entrecejo fruncido y la única frase que pronunciará cada cinco minutos será: -No bebas tanto.
Otras maneras de ganarse los cachos.
Recuerde usted, mi apreciable bella dama, que usted ya es una mujer casada, con todo el derecho del mundo a comerse cuanta porquería le pongan en la mesa o se le antoje, que eso de las calorías, las dietas y los gimnasios son inventos que se han hecho para las chapiadoras, y usted no lo es ni necesita serlo, porque ya tiene a quien chapiar, o sea un marido.
Esta tarea de ganarse eso… los cachos, digo… incluirá también un correcto manejo de la cama. Sí, mi doña, si usted recuerda que para llevar a ese hombre al altar tuvo que fingirle que era una “panteira do lecho” ahora que ya lo tiene enganchado con papeles y todo, es hora de que ese señor comience a desaprender esas cosas. La cama fue necesaria para traer al mundo a los chicos, pero el sexo no puede ser otra cosa que una malvada invención de ángeles deficientes, una sucieza inaceptable para una mujer decente como usted dice que es, así que, si acepta usted hacer esa sucieza que sea máximo una vez por semana, y rápido, con la regla del nómade (nómade uno) que más de uno ya es pecado señora.
Si a la hora de hacer chuqui chuqui usted experimenta recurrentes, repetidas, sucesivas, repentinas y hasta increíbles jaquecas, tenga por seguro que su objetivo (de ganarse los cachos, digo) será conseguido con creces…
Para terminar
Si después de haber ejecutado toda esta estrategia su marido sigue recordando sus cumpleaños, si le hace regalitos de aniversario y si usted, después de revisarle cuidadosamente y concienzudamente y con muy sucia mente el celular y no encuentra nada, pero nada de nada, felicidades señora, usted está casada con un santo… o con un hombre demasiado cuidadoso, tanto que usted jamás se enterará de cómo hace él para satisfacer sus más oscuros deseos, que en realidad suelen ser los más claros… vea mire.






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