Por Elías Wessin_Chávez
Cada 25 de septiembre reaparece el mismo relato: Juan Bosch, el demócrata impoluto; la Constitución de 1963, poco menos que las Tablas de la Ley; y enfrente, la “oligarquía”, la Iglesia, los empresarios, los militares y Estados Unidos, todos convertidos en villanos de una película cuyo guion ya estaba escrito desde la izquierda. ¡Qué cómodo!
El argumento estrella: “Si Bosch era comunista, ¿por qué no implantó el comunismo en siete meses?”. ¡Por favor!
Aplicado a Fidel Castro, ese argumento habría producido la misma conclusión equivocada. Castro llegó al poder presentándose como revolucionario y defensor de una transformación política, mientras Washington todavía evaluaba en 1959 si realmente conduciría a Cuba hacia la democracia.
Poco después, el proceso terminó consolidándose como un régimen marxista-leninista. Los documentos oficiales estadounidenses de la época muestran esa evolución.
Entonces, ¿por qué el caso Bosch tendría que analizarse como una fotografía de siete meses y no como un proceso político?
No era comunista de carnet. ¿Y? Seamos precisos. No existe base documental suficiente para afirmar que Bosch fuera miembro de un Partido Comunista en 1963. Pero “no era miembro de un Partido Comunista” no significa “era antimarxista”.
Un documento de la CIA de junio de 1963 lo describía como no comunista, pero al mismo tiempo registraba su extraordinaria tolerancia hacia las actividades comunistas y advertía que, si su gobierno fracasaba o era derrocado, los comunistas podían aprovechar la lucha social para ponerse al frente de un movimiento revolucionario.
Otro informe de mayo de 1965, titulado precisamente “The Communist Connections of Juan Bosch: A Fresh Interpretation”, señalaba que Bosch aparentemente no era miembro de un Partido Comunista, pero sostenía que comunistas de su entorno ejercían influencia sobre él. El documento menciona, entre otros, a dirigentes vinculados con Partidos de izquierda radical y con Cuba comunista.
¿Eso prueba que Bosch fuera Castro? No. ¿Demuestra que el problema comunista era una invención de la oligarquía, la Iglesia y los militares? Tampoco.Bosch habló de la lucha de clases, pero con sazón dominicano.
Bosch no necesitaba decir “burguesía” y “proletariado” en cada discurso.Le bastaban “Hijos de Machepa” y “Tutumpotes”. La lucha de clases estaba aplatanada.
Luego tenemos aquella expresión que debería hacer pensar a cualquiera: “Dictadura con respaldo popular”. Una democracia constitucional no necesita una dictadura “con respaldo popular”. Necesita límites al poder, separación de poderes, libertades y Estado de Derecho.
Por eso no aceptamos la trampa semántica de convertir cualquier proyecto popular en democrático por definición.
Después vino 1973 con un detalle que los santificadores de Bosch quisieran borrar de la película. Bosch no permaneció intelectualmente congelado en febrero de 1963.
En 1973 rompió con el PRD y fundó el PLD, desarrollando una concepción política marxista y de formación revolucionaria de cuadros.Lo que en 1963 podía aparecer como influencia, evolución o tendencia, en 1973 adquirió una definición política mucho más explícita.
El proceso continuó y por eso no aceptamos que siete meses sean utilizados como certificado de antimarxismo. La historia también nos dejó a Hugo Chávez y con él aparece una comparación que los apologistas deberían estudiar.
Hugo Chávez llegó constitucionalmente al poder: ganó las elecciones de 1998 y promovió la Constitución de 1999. (Claro, previamente había sido golpista contra Carlos Andrés Pérez, pero para la izquierda ese, más bien, es un episodio «revolucionario»).
Después, su proyecto evolucionó hacia el socialismo y una progresiva concentración del poder presidencial. La Biblioteca del Congreso de EE.UU. registra esa transformación y documenta que para 2005 Chávez ya había declarado el carácter socialista de su revolución.
Entonces, ¿qué nos enseña Chávez? Algo elemental, llegar constitucionalmente al poder no determina necesariamente el destino ideológico de un proceso político. La legalidad de entrada no es una radiografía del proyecto final.
Por eso el argumento: “Bosch fue elegido democráticamente, por tanto, cualquier preocupación sobre su evolución ideológica era una conspiración”, no resiste el análisis histórico.
Esta es nuestra posición, monda y lironda, no necesitamos convertir a todos los que depusieron en 1963 a Bosch en santos; no necesitamos negar intereses económicos; no necesitamos decir que Washington era altruista; no necesitamos idealizar a los militares. Pero tampoco aceptamos el cuento de que todos los que enfrentaron a Bosch eran reaccionarios y todos los que lo apoyaban eran demócratas.
La Guerra Fría era real; Castro era real; el marxismo era real; los grupos pro-Castro eran reales; la influencia comunista era real. En fin, el temor a que República Dominicana siguiera el camino cubano no salió de la imaginación de cuatro generales y varios coroneles.
Los propios documentos de la época registran la presencia y actividad de sectores pro-Castro, comunistas y de extrema izquierda en el escenario dominicano. Por eso lo decimos sin complejos, el golpe del 25 de septiembre de 1963 y la posterior contención de la Revolución de Abril de 1965 contribuyeron a impedir que la República Dominicana evolucionara hacia un régimen socialista revolucionario.
Esa es nuestra lectura histórica. Podrá incomodar a la izquierda; podrán brincar; podrán patalear; podrán sacar nuevamente la Constitución de 1963 como si fuera su mini biblia contra toda discusión ideológica. La historia no se decide por aplausos, y mucho menos por lágrimas retrospectivas.
Si Fidel Castro pudo presentarse inicialmente como algo distinto de lo que terminó siendo y si Hugo Chávez pudo llegar constitucionalmente al poder para después conducir a Venezuela hacia el socialismo y la concentración del poder.
¿Por qué Bosch tiene que recibir un certificado de pureza ideológica basado exclusivamente en siete meses?
Esa es la interrogante que los apologistas deberían contestar. No nosotros. Porque al final, cuando se levanta el antifaz ideológico, queda la verdad. Bosch no necesitaba llevar el carnet comunista en el bolsillo para que el marxismo estuviera rondando su proyecto.
En 1973, cuando fundó el PLD, las amarras del secretismo ya estaban mucho más flojas. La historia no se borra, se estudia y cuando intentan maquillarla se le pasa el machete para entresacar lo precioso de lo vil.












Deja una respuesta