Por Margarita de la Rosa
¡Ya está bueno! Lo digo desde la indignación, el cansancio y la desesperación de quien lleva más de dos años enfrentando dificultades para recibir algo tan elemental como el agua potable.
Soy una de las residentes de Puerta de Hierro, en Santo Domingo Norte, donde unas cien familias de las calles Paseo de Granada, Sevilla y Salamanca venimos padeciendo una crisis que, lejos de resolverse, se ha agravado hasta niveles desesperantes.
Antes, por lo menos, el agua llegaba esporádicamente. Uno se organizaba, llenaba la cisterna y trataba de administrar lo poco que recibía. Pero ahora ni siquiera podemos contar con eso.
En las últimas semanas y meses he tenido que comprar tres camiones de agua, a tres mil pesos cada uno. ¡Nueve mil pesos de mi bolsillo! Y eso sin contar los demás gastos y sacrificios que representa vivir pendiente de cuándo se agotará el agua almacenada.
Tengo cisterna, pero ¿de qué sirve tenerla si no llega agua para llenarla? He llegado al extremo de recoger el agua de lluvia que baja por los caños para utilizarla en labores domésticas y así tratar de economizar algo de lo que tengo que comprar.
¿Es esa la calidad de vida que debemos aceptar quienes pagamos impuestos y tenemos contratado un servicio público?
Por eso he tomado una decisión personal: este mes no voy a pagar la factura de la CAASD. No estoy dispuesta a continuar pagando tranquilamente por un servicio que no estoy recibiendo.
Y quiero que su director explique qué está ocurriendo.
Hace poco se atribuyó la falta de agua a la sequía y a la disminución de los caudales de los ríos. Pero ahora las lluvias han provocado crecidas e inundaciones en distintas provincias del país. Entonces, ¿qué está pasando?
Comprendo que las lluvias intensas también pueden ocasionar averías, turbidez y dificultades en los sistemas de abastecimiento. Pero precisamente por eso necesitamos una explicación técnica, clara y convincente.
¿Es un problema de producción, de distribución, de presión en las tuberías, de infraestructura o de falta de mantenimiento? ¿Por qué tres calles de un mismo residencial llevan tanto tiempo soportando esta situación? ¿Qué solución concreta se ha dispuesto y cuándo se ejecutará?
Hay otra realidad que comienza a inquietarme profundamente: mientras nuestras llaves permanecen secas, la venta de agua por camiones se convierte en un gasto obligatorio para muchas familias y en una actividad comercial que merece transparencia.
¿Quiénes se benefician de esa demanda? ¿De dónde procede el agua que se comercializa? ¿Qué controles existen sobre su distribución y venta?
No estoy acusando a nadie. Estoy haciendo preguntas que considero legítimas ante una crisis prolongada que obliga a los ciudadanos a gastar miles de pesos para conseguir un recurso esencial.
Señor director de la CAASD, quizás desde una oficina con aire acondicionado, o desde una vivienda donde el agua no falta, resulte difícil comprender la angustia de abrir una llave y que no salga una sola gota.
Pero quienes vivimos esta situación sabemos lo que significa.
Hace pocos días sufrimos también una prolongada interrupción del servicio eléctrico. Fue desesperante. Sin embargo, debo confesar que, para mí, la falta de agua resulta todavía más angustiosa.
Porque el agua es indispensable para bañarse, cocinar, limpiar, utilizar los sanitarios y mantener unas condiciones mínimas de higiene y dignidad.
Y en nuestro residencial viven muchas personas envejecientes, algunas con limitaciones físicas y económicas, que no deberían estar sometidas a semejante sacrificio.
No estamos pidiendo un privilegio. Estamos reclamando un servicio esencial por el que se nos factura y que tenemos derecho a recibir.
Hemos denunciado, reclamado, solicitado explicaciones y esperado soluciones. Pero la paciencia también tiene límites.
No quiero más explicaciones generales que no respondan a lo que sucede específicamente en nuestras tres calles. Quiero saber qué falla, quién tiene la responsabilidad de corregirla y cuándo volveremos a recibir agua de manera regular.
Y reitero mi posición: no voy a pagar este mes una factura por un servicio que no he recibido, y exigiré que se revise la facturación correspondiente.
No es una decisión que tome a la ligera. Es una expresión de protesta ante una situación que considero insostenible.
Porque si yo he tenido que sacar nueve mil pesos para comprar agua, ¿quién me devuelve ese dinero? ¿Quién responde por los sacrificios, las incomodidades y la angustia que hemos acumulado durante más de dos años? Señor director de la CAASD: las explicaciones ya no bastan. Necesitamos agua







Deja una respuesta